¿Por qué mi buzón de correo electrónico se llena de ofertas y mensajes que no he pedido? ¿Por qué no paran de llamarme para ofrecerme cosas que no quiero? ¿Por qué mis contactos en redes sociales saben qué aplicaciones y juegos uso y dónde he estado?

Estas preguntas, o más bien quejas, son las que todos oímos constantemente y muchas veces no encontramos respuesta. Pero la hay, y en muchos casos no es tan agradable como los afectados querrían: “Porque en algún momento has aceptado, aunque no lo sepas”. Tal vez ha sido puntualmente y de forma inconsciente, pero es muy habitual que el afectado haya manifestado que quiere y autoriza estas comunicaciones.

Cuando recibimos correo spam se debe a que en algún momento hemos facilitado nuestra dirección de correo electrónico o nuestro número de teléfono y hemos accedido a que se nos envíen comunicaciones comerciales. O a que nuestros datos sean cedidos a otras empresas diferentes a las que los recogían, sin saber qué harán con ellos.

Algo similar ocurre con la difusión de nuestra información. Que los demás sepan dónde hemos estado o qué aplicaciones usamos, puede ser porque nosotros mismos lo hemos permitido de un modo u otro. ¿Cómo? Dándonos de alta o accediendo a un servicio aceptando las condiciones de uso sin haberlas leído antes.

Se trata de una situación de lo más normal, se hace clic en el botón de “He leído y acepto las condiciones de uso” sin pensarlo siquiera, porque sabemos que es la puerta de acceso a un servicio que queremos utilizar. Pero de lo que no nos damos cuenta es de que se trata de un contrato en el que se establecen todas las posibilidades, incluyendo el uso que se hará de nuestra información, la posibilidad de su cesión y nuestro consentimiento a futuras comunicaciones.

 Imagen con iconos de servicios de Internet 

Es cierto que por lo general estas condiciones de uso no están escritas de una forma amigable ni entendible para cualquier usuario, además de ser muy extensas, pero hay ciertos aspectos en los que hay que fijarse, esencialmente el uso que se va a hacer de nuestros datos y su posible cesión a otras empresas.

Además, es necesario atender a otros aspectos de interés más allá de las condiciones de uso, por más que éstas sean un elemento fundamental.

Por ejemplo, para conocer la confianza que podemos depositar en un servicio podríamos fijarnos en el tiempo que lleva en funcionamiento, su número de usuarios y las críticas recibidas (reputación online). Está claro que no es algo infalible, pero si el servicio está en marcha desde hace años, es utilizado por una gran cantidad de usuarios y no recibe malas críticas… todo apunta a que podemos confiar en él.

Y ya que nos hemos decidido a consultar las condiciones de uso y las críticas de un servicio, no deberíamos olvidar leer todo lo que sea posible acerca de su seguridad y sus sistemas de ayuda al usuario, que es lo que nos indicará si podremos tener futuros problemas y cómo se resolverán en caso de ocurrir.

Pero lo que no podemos hacer nunca es aceptar las condiciones de uso de un servicio sin haberlas leído, salvo que estemos dispuestos a aguantar cualquier molestia que esto pueda generar más adelante.

Si no quieres sorpresas recuerda: lee las condiciones de uso (al menos los puntos clave), consulta la opinión de otros usuarios y pregúntate sobre los posibles incidentes antes de que ocurran.